
Antes te he escrito tan impulsivamente que olvidé decirte que contigo vi las primeras luces de mi adolescencia, comiendo helados, enamorada de algún personaje cinematográfico, retorcida con aquel cuerpo de Giuli-ano, atisbando los amores entre los que son del mismo sexo. Pasando por esos parques de Pueblo Libre, para ir al Colegio y yo sin libros de poemas, te conocí porque extrañaba a mi padre y todo era pretexto para leer algo triste que me hablara de algo distinto a él.
Todavía creía en Dios, aunque poco y sí en los ángeles. Y cuando leí tus escenas en claroscuros, me dije que tú eras el ángel que yo quería conocer. Y que algún día sucedería, vería tu cara larga y hermosa, escucharía tu voz y me dedicaría a mirar tus gestos, como filmándolos, para quedarme con eso que llaman la imagen eterna . Porque mientras uno existe, la eternidad sigue su curso, eso lo aprendí leyendo tus poemas y mirando sombras chinescas en la vigilia, o la extrañeza de la Poesía que absorbe la vida, los gestos rutinarios, el esplendor de un beso en la noche de un verano que no volverá.
Recuerdo tu elegancia y tu amor por las hermosas mujeres. Esteta, un guía o un anti-guía, o nada de eso, un radical de la estética con sus poemas increíbles y yo desde mi sitio nublado, te buscaba para saber que la muerte tiene los rostros que la belleza persigue...
Y no sé más, o sí, de pájaros sé, porque solía verlos allá en la primavera lejana, cuando extrañaba Lima y me acercaba a ella con tus poemas o como ahora me acerco a ti con este poema tuyo.
Ahora que tal vez vuelas por aquella habitación romana, o estás en las cúpulas de los templos a donde voy a orar con algún poema tuyo. Donde me desdoblo para pensar en lo que a veces huye en mi mente, de mí, porque todo se torna azul y negro y la calle con sus semáforo no me atrapa ni el sonido de la mañana clara, el sonido de la ciudad, o nada. Y porque te recuerdo y sé que vuelas, intento iluminar un poco, al menos un poco la mirada para leer tus poemas y salir a la calle, otra vez con algo de viento y palabras que conjuren los días turbios.
Porque basta de tanta rémora, no sé qué designios serían los propicios para salir del laberinto. Y es que las canciones desaparecen cuando ya no vibra el ojo enamorado. Y no es el lamento el que nos arrancará de la inútil pesistencia.
Ah, querido , ¿dónde está el pájaro que no cesa de cantar? . Todo se pierde en el infinito.
Y porque no hay esperanza, sólo poemas. Y tú lo sabías.
Tributo a Eielson
Foto: 'El ascenso de Mercurio' de Cazurro.